Negras nubes de abril

6 04 2012

“En abril, las lluvias nocturnas suelen dejar, al retirarse,

nubes negras que tapan los primeros resplandores del sol.”

Jean Hatzfeld

Hoy hace dieciocho años fue abatido por misiles un avión que se aproximaba al aeropuerto de Kigali. En él viajaban los presidentes de Burundi, Cyprien Ntaryamira, y de Ruanda, Juvénal Habyarimana. Ambos murieron. Esa fue la señal para dar inicio a uno de los episodios de enajenación colectiva más sanguinarios de la humanidad. Durante 100 días la vida desapareció en Ruanda. Sólo quedaron machetes, cadáveres, fantasmas.

Recuerdo la estupefacción que me producía ver las imágenes de interminables hileras de africanos (sí, entonces no eran más que unos pobres negros africanos) caminando interminablemente en el fondo de la pantalla del televisor. Lo he hablado con otros amigos de mi generación y coinciden en que aquélla fue una imagen que marcó nuestra adolescencia (junto a las de Sarajevo y otras más lejanas como la muerte de Ceaucescu). De alguna manera que no comprendíamos entonces nos conmocionó, de la misma manera que ahora nos siguen conmocionando los hechos de aquel mes de abril de 1994, de la misma manera que el mundo no se conmovió en su momento. Ruanda oculta tras negras nubes de abril.

Nos explicaron que todo se debió a un enfrentamiento étnico entre hutus y tutsis. Y todavía hoy los estudiosos, expertos en política internacional, analistas, periodistas e historiadores discuten sobre los motivos, los culpables, los hechos. No nos contaron entonces (y aún algunos no quieren contarlo ahora) que detrás de ese enfrentamiento étnico, de esa violencia tribal tan arraigada entre los africanos según las visiones neoconradianas y demás miopías colonialistas, se escondía un profundo entramado de intereses políticos, económicos y nacionalistas, una historia colonial enlodazada y un vergonzoso y culpable silencio por parte de los dirigentes más eminentes de la época en nuestro mundo occidental.

Hoy no me interesa todo eso. No quiero saber nada de las infamias y de los asesinatos. No me importa si llueve en Barcelona. Hoy sólo espero que el sol salga por Ruanda.

MPOLO MUCUNHA

P.S. Para conocer más sobre el genocidio de Ruanda, aquí van algunas recomendaciones bibliográficas y cinematográficas:

– Jean Hatzfeld, “Una temporada de machetes”. Este trabajo periodístico recoge los espeluznantes testimonios de un grupo de presos condenados por participar activamente en las matanzas. Es el segundo libro de una trilogía sobre el genocidio. En el primero, “La vida al desnudo. Relatos de los pantanos de Ruanda”, recoge los testimonios de los supervivientes. El libro que cierra la trilogía, “La estrategia de los antílopes”, narra el reencuentro de supervivientes y asesinos una década después del genocidio.

– Roméo Dallaire, “Shake Hands with the Devil: The Failure of Humanity in Rwanda”. Las memorias del Comandante de las Fuerzas de la Misión de la ONU en Ruanda (UNAMIR). Una voz autorizada para describir la agonía de aquellos días y las intrigas políticas que torpedearon cualquier tipo de iniciativa para frenar el genocidio.

– Alfonso Armada, “Cuadernos africanos”. En varios capítulos de este libro aparecen los artículos de este ex-corresponsal de El País, que llegó a Kigali el 10 de abril de 1994 y fue testigo directo de los primeros compases del genocidio. Hay en el libro relatos muy crudos de las matanzas, así como muchas reflexiones íntimas de su diario de aquellos días. Además, incluye artículos de sucesivas visitas posteriores que fue realizando al país.

– Philip Gourevitch, “Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias”. El libro que quizá ofrezca una visión más completa del genocidio, ya que recoge testimonios de testigos y supervivientes con una profunda aproximación histórica.

– Ryszard Kapúscinski, “Ébano”. Este libro tan nombrado en este blog incluye un capítulo titulado “Conferencia sobre Ruanda”, donde el escritor polaco disecciona los orígenes y los turbios acontecimientos históricos que dieron lugar a los sucesos de 1994. Imprescindible para adquirir mayor contexto.

– John Carlin, “Heroica tierra cruel”. Esta obra, dedicada casi en su totalidad a Sudáfrica, contiene una serie de artículos que escribió Carlin sobre Ruanda, además de una entrevista a Paul Kagame realizada en 2001. Sobrecogedores algunos pasajes de la “Trilogía de Nyamata”.

– Sebastiao Salgado, “África”. Impresionante libro de fotografías en blanco y negro que contiene una buena parte dedicadas a Ruanda. Algunas, como la que ilustra esta entrada, son de paisajes y otras durísimas escenas de muerte. El fotógrafo brasileño también incluye imágenes de los campos de refugiados en la República Democrática del Congo.

“Hotel Rwanda”. La película más conocida sobre el tema, con un reparto de excepción (Don Cheadle, Joaquin Phoenix, Nick Nolte…) y que narra la historia de supervivencia real de Paul Rusesabagina, asistente de dirección del Hotel des Mille Collines en Kigali. Rusesabagina acogió a más de un millar de tutsis y hutus no radicales en el hotel para salvarlos de una muerte segura a manos de las milicias interahamwe. El film no deja en muchos momentos de ser un thriller con Ruanda como telón de fondo. Eso sí, es emotivo, tenso y crudo y muestra el genocidio sin necesidad de escenas de violencia explícitas.

“Disparando a perros”. Unos meses después de estrenarse Hotel Rwanda vio la luz esta producción inglesa que cuenta con un guión prácticamente idéntico al de la anterior película: una historia de salvación también real, en este caso protagonizada por el misionero croata Vjeko Curic (encarnado en la película por John Hurt). El principal atractivo del film es haber sido rodado en los mismos escenarios en que acontecieron los hechos. Pero si antes se ha visto Hotel Rwanda, uno no deja de tener la sensación de que está frente a un sucedáneo, una repetición de la misma historia.

“Fantasmas de Rwanda”. Este exhaustivo documental estadounidense muestra el genocidio e indaga en las causas y, sobre todo, en la implicación del mundo occidental a través de supervivientes, testigos y dirigentes internacionales (Boutros-Ghali, Kofi Annan, Madelaine Albraight, Roméo Dallaire…). Pongo un enlace de la primera parte con subtítulos en portugués. Las siguientes partes las podéis enlazar a continuación. Ojo, que contiene escenas muy duras.





Lourenço Marques ya no vive en la ciudad

6 02 2012

“Volveré enamorado o para enamorarme, aunque Mozambique ya se ha quedado con una parte precisa de los sueños. Porque en ninguna otra parte recuerdo haber encontrado un humor como éste, tanta facilidad para la conversación y la sonrisa, esa forma de ver siempre las mejores intenciones en las bromas, los guiños, las respuestas. Y esa forma tan dulce y humorística de hablar -con pequeñas exclamaciones que son casi gritos ahogados de niños que no han perecido del todo- de las mozambiqueñas. Ojalá que mañana sea el comienzo de una nueva vida en Mozambique.”

Alfonso Armada

Hace más de 500 años, como quien dice ayer, un grupo de barbudos lusitanos se lanzó al encuentro de mares nunca antes navegados. Nuevos mares, nuevos mundos. Cuando doblaron el Cabo Tormentorio no les esperaba Adamastor, como quiso ver (con un solo ojo) Camoes en uno de sus frecuentes delirios poéticos, sino el fin del continente africano. Entonces no existía ni Ciudad del Cabo, ni Sudáfrica, ni Mozambique, ni mucho menos Maputo. La realidad todavía estaba por empalabrar y, como no puede ser de otra forma, aquello que no ha sido nombrado es como si nunca hubiese existido.

Sin embargo, la verdad es que sí existían territorios, los mares ya habían sido navegados, la gente vivía ahí y todo había sido bautizado, las cosas ya habían sido nombradas. Pero en unas lenguas de sonidos indescifrables. Palabras extrañas como Madzimbabwe o Mwenemutapas servían para designar reinos cuyos límites eran indefinidos y sus territorios poco menos que impenetrables. Pero los portugueses, como otros pueblos europeos y no europeos a lo largo de la historia, se vieron en la coyuntura de oficiar bautizos para las tierras que iban encontrando. En ocasiones, se asimilaban nombres en honor a personajes destacados de la zona como el del jeque árabe llamado Mossa Al Bique (también escrito Mussa Ben Mbiki). Otras veces, los equívocos daban lugar al nombramiento. En el primer viaje de Vasco da Gama llegaron a una tierra donde fueron gratamente acogidos. Como extraña compensación, el Capitán decidió que aquella se llamaría la “Tierra de la buena gente”, pero como era imposible saber cómo se pronunciaría esa expresión en la lengua local, optó por designar aquella tierra con la palabra con la que los nativos se habían despedido de los portugueses: Inhambane. A pesar de no ser sordo, Vasco da Gama entendió mal lo que le decían porque en realidad le estaban diciendo “ambane”, adiós.

Vasco da Gama vigilado por el ojo tuerto de Camoes al fondo

Pero a veces directamente ponían el nombre de alguno de los suyos. En 1544 fue fundada una pequeña villa con el nombre de Lourenço Marques. ¿Y quién era ese tal Lourenço Marques? Pues empezó siendo timonero en una de las expediciones de Vasco da Gama y, como todos los marineros de la época, se convirtió en comerciante y con el tiempo llegó a fundar una factoría en la zona de la Bahía Delagoa. Los portugueses también construyeron en ese emplazamiento una fortaleza. Tanto la factoría, como la fortaleza, como la bahía, como la villa se pasarían a llamar Lourenço Marques. El lugar siguió existiendo durante más de tres siglos en un relativo anonimato, hasta que en 1887, hace justo 125 años, ascendió a la categoría de ciudad. Once años más tarde pasaría a ser la capital del país desplazando a la Ilha de Moçambique. Sin embargo, la entonces ciudad portuguesa y hoy mozambiqueña pudo haber sido inglesa. La aspiración británica por el territorio mozambiqueño es antigua y durante los siglos ha sido persistente, hasta el punto que aún hoy Mozambique pertenece a la Commonwealth. El país, rodeado por antiguas colonias británicas, estuvo a un paso de haber formado parte del imperio británico de no haber sido por la mediación del general y ex-presidente francés Mac-Mahon, que actuó como árbitro en el conflicto luso-británico, reconociendo en 1861 el territorio como portugués. Hoy, como diría Celine, nadie se acuerda en Mozambique de quien era Mac-Mahon o lo confunden con una marca de cerveza.

En 1976 el antiguo timonero Lourenço Marques abandonó la ciudad, que a partir de ese momento pasaría a llamarse Maputo. Una ciudad que todavía tendría que sobrevivir a quince años de guerra civil. Tras la firma del Tratado de Roma en 1992, Maputo emergió como la capital de un país en son de paz. Y la ciudad se iba a reconstruir y se sigue reconstruyendo a día de hoy. El emplazamiento natural es incomparable, junto a la desembocadura de los ríos Matola, Umbuluzi y Tembe, que se unen a las puertas de la ciudad y juntos forman la Bahía de Maputo.

Puesta de sol sobre la Bahía

La ciudad tiene forma de pirámide invertida, cuya base se expande hacia el continente en una aglomeración de suburbios y poblaciones que conforman lo que se llama O Grande Maputo, donde se calcula que viven alrededor de 2,5 millones de personas. En la punta de la pirámide se juntan la Baixa con la Avenida Marginal. Desde ahí se puede apreciar el otro lado de la desembocadura (Catembe, hacia donde parten ferries) y varias de las islas de la bahía: Inhaca, Xefina Grande, Xefina Pequena, Ilha dos Portugueses… Hacia el norte de la Avenida Marginal, una carretera bordeada de palmeras y mosaicos artísticos conduce a la zona de playas (aunque para encontrar playas paradisíacas hay que salir de Maputo). Algunos de los restaurantes más populares, discotecas y un casino se sitúan en esta zona, a escasos pasos del Índico.

El centro de la ciudad se extiende desde el puerto y la Baixa hacia los barrios del norte. Una amalgama de edificios en constante transformación conforman la urbe que un día se llamó con el nombre del timonero lusitano. De la época colonial todavía se conservan bastantes edificios (algunos un tanto ruinosos, es cierto) y la planificación racional de grandes avenidas, hoy renombradas con nombres de políticos y revolucionarios comunistas, africanos e izquierdosos, y la amable presencia de acacias, jacarandás y frangipanis. Pero la época colonial es sólo una de las caras visibles de Maputo. Bloques de pisos de aspecto soviético, chabolas, rascacielos, joyas del art-deco y cada vez más frecuentes muestras de arquitectura contemporánea conviven en una ciudad de ciudades, en la que los contrastes están presentes al doblar cada esquina.

Y sin embargo, Maputo es una ciudad profundamente africana que ha servido de escenario para películas como “Alí” (en la que finge ser Kinshasa) o “Diamantes de sangre” (Freetown). La estabilidad política de los últimos 20 años y el atractivo por las localizaciones tan diversas que ofrece la ciudad, resultan un gran reclamo para las productoras hollywoodienses. Pero el panorama cultural no es sólo foráneo. Maputo ofrece una creciente actividad cultural y opciones de ocio diversas. Por encima de todas, la musical. Bares, pubs, discotecas que permiten gozar desde bailes tradicionales, jazz autóctono y músicas internacionales hasta las más rabiosas formas de bailar, como la marrabenta o el kuduro.

Para los amantes del teatro, la referencia es el grupo internacionalmente reconocido Mutumbela Gogo, que actúa en diferentes teatros de todo el mundo desde su fundación en 1986. La sede de espectáculos permanentes de la compañía se sitúa en el Teatro Nacional Avenida, dirigido desde hace años por el célebre escritor sueco Henning Mankell, quien reparte su vida entre Maputo y su Suecia natal.

Aunque quizás lo más interesante del panorama artístico maputense sea la pintura y la escultura. Espacios como el Museo Nacional de Arte, el Centro Cultural Franco-Moçambicano o el Núcleo de Arte acogen exposiciones permanentes y temporales que permiten una aproximación a la cultura mozambiqueña. Dos nombres sobresalen entre las decenas de artistas locales. El escultor Alberto Chissano, autor de enormes esculturas en madera de estilo makonde, y el pintor Malangatana, recientemente fallecido. Ambos tienen sus respectivas casas-museo en las afueras de Maputo, donde se pueden admirar montones de obras de ellos. Pero el viajero que llegue a Maputo por aire podrá buscar en el aeropuerto una gran escultura de Chissano para empezar a ambientarse. Luego saldrá a la calle y la realidad no será como lo que le habrán contado o lo que habrá visto en fotografías, porque Maputo siempre será distinta, porque los colores de la ciudad no hay que buscarlos en sus edificios o en las cambiantes tonalidades de la bahía, sino en sus gentes, en las capulanas de las mujeres y en las balalaikas de los hombres, en las telas pintadas por Malangatana. Y la vida de Maputo no estará en un museo ni será representada en un teatro, sino que se encontrará a cada paso, en los chapas que esquivan los baches de la calzada, en los mercados donde se regatea, en las tabernas donde ni siquiera las etiquetas de las cervezas recuerdan quién fue Lourenço Marques.

MPOLO MUCUNHA

P.S. Hace poco encontré en una taberna portuaria a un hombre barbudo que hablaba con una prostituta vieja. No podía ni negociar el precio porque estaba en la mayor de las ruinas. Intentaba convencer a la prostituta para que le permitiera evocar gratuitamente el rumor de otros tiempos en que las carnes estaban prietas y los edificios erigidos hace tanto aún no se habían derrumbado. No hubo manera. La pela es la pela. Y sin pela no la pela. Se quedó hablando con su cerveza, una 2M de importación. Todo quedaba lejos. El mar ahí fuera, escondido como un garito de mala muerte tras las vías del tren, le era inaccesible. Había perdido el rumbo. Había perdido el timón de su vida.

– Vai para casa, Lourenço.

– Há muito tempo que já nem casa tenho.